PERE ALTÉS ESCRIBÀ
En la Vila de Sarriá, hoy anexionada a la ciudad de Barcelona, nació el 20 de enero de 1917, tercer hijo de unos prestigiosos artesanos de la imprenta.
De temperamento apacible y bonachón, a los cinco años ingresó como párvulo mediopensionista en el colegio de «Sant Gervasi», regentado por las Religiosas Teresianas.
Poco después de su Primera Comunión, murió su buena madre, doña María de las Nieves Escribà Alabart, pasando Altés al colegio de los Hermanos de las Escuelas Cristianas de la Bonanova, sobresaliendo entre sus compañeros por la afición al estudio, la paciencia y reflexiva atención en ejecutar los trabajos escolares.
Dio siempre buen ejemplo y perteneció a la Cruzada Eucarística y al Apostolado de la Oración, establecidos en el colegio.
Durante el verano de 1927, junto con su hermano Antonio, pasó dos meses en Marsella, para completar la práctica de la lengua francesa.
Cuando dejó el colegio a los 17 años, entró en la imprenta paterna, demostrando gran capacidad y afición por toda suerte de trabajos del noble arte tipográfico; dedicose primeramente a la impresión y más tarde a la composición mecánica con la Linotype, que llegó a dominar perfectamente. Con ánimo de ampliar sus conocimientos, en los ratos libres estudió el procedimiento offset, hueco-grabado y fotograbado.
Desde niño, Pedro Altés tuvo mucha afición al dibujo, a la fotografía y al arte en general, lo que le llevó a frecuentar la Escuela Massana durante cuatro cursos, ejecutando buenos trabajos al carbón, lápiz, pastel, acuarela, óleo, esmalte y decoración. Sus profesores y compañeros le apreciaron siempre a causa de su trato afable y cordial.
La máquina fotográfica fue su inseparable compañera en multitud de viajes, excursiones y visitas a monumentos artísticos. Cuando le fue posible, recogió los elementos indispensables y montó su laboratorio fotográfico, en el que se pasaba encerrado muchas horas, trabajando y ensayando con inagotable paciencia.
La radio y el cine le cautivaron también. Desde muy joven, empezó a desmontar aparatos, a arreglarlos y a cambiar piezas averiadas. Más tarde obtuvo el título oficial de operador de cine sonoro y tomó parte en concursos de cine amateur.
Pedro Altés fue forjando también su espíritu en el amor a Dios y a la Religión. Era Congregante de María Inmaculada, Terciario Franciscano, y miembro de la Obra de Ejercicios Parroquiales.
Trabajó asimismo mucho en la Catequesis parroquial de niños, y en 1933, a raíz del traslado de su domicilio, ingresó como socio fundador en el «Fomento de Cultura de Nuestra Señora del Pilar», entidad de Acción Católica, en la nueva parroquia a que pertenecía.
Pronto aparecieron sus dotes excepcionales de organizador que le habilitaron para diversos puestos en la dirección, hasta que, por razón de su cargo de vocal de la Caja de Pensiones y Ahorros, propietaria del edificio, fue nombrado Secretario general de la Obra, en cuyo desempeño le sorprendió la guerra.
El domingo, 19 de julio de 1936, día del fracasado Alzamiento en Barcelona, a la familia Altés, como a tantas familias católicas, les fue imposible asistir a misa en la parroquia. La dramática lucha callejera se intensificó a medida que avanzaba la mañana.
Pedro Altés y los suyos asistieron a la que se celebraba en el «Asilo Durán», situado delante mismo de su casa.
Por la tarde, densas columnas de humo anunciaban que muchos conventos e Iglesias de la Ciudad Condal eran pasto de las llamas como fruto de la revolución roja triunfante.
El día 20 a medianoche, los religiosos del «Asilo Durán» fueron expulsados del edificio por la plebe, lo mismo que los alumnos reclusos.
Al día siguiente, primer registro domiciliario y detención de Pedro Altés, hasta el comité, o uno de los múltiples comités, dueños y señores de vidas y haciendas de Barcelona. Detención que afortunadamente se redujo a un minucioso interrogatorio.
Así empezó aquel período de largos e interminables días, llenos de inquietud, de insomnio y de terror, siempre pendientes de la detención o de la muerte.
Su hogar se vio frecuentemente inquietado por los sicarios rojos, buscando afanosamente a su padre y hermano Antonio, que perseguidos, huían de casa en casa. Otro hermano – Javier- era seminarista en Roma.
Al cabo de un tiempo, los obreros más adictos a la Imprenta Altés, alegaron no poder poner en marcha el taller sin la ayuda de los técnicos directores. Con esta feliz estratagema, su padre y hermano pudieron reintegrarse al trabajo y al hogar, aunque bajo el control de un comité nombrado por la F.A.I.
En septiembre de 1937, el reemplazo de Pedro Altés, fue llamado a filas. Todos los esfuerzos llevados a cabo para pasar a la España Nacional, resultaron inútiles, no teniendo más remedio que presentarse también con la esperanza de hallar una ocasión propicia. Fue destinado a prestar servicio en la imprenta del castillo de Lérida.
Allí permaneció cuatro meses, marchando después al frente de Jaca, sector de Fiscal.
¡A los veinte días se pasaba a los Nacionales!
Superados los trámites de rigor en Jaca y Valladolid, para poder servir mejor a la Cruzada, no dudó en encuadrarse en el Tercio de Requetés de Ntra. Sra. de Montserrat, que unía estrechamente sus ideales tradicionalistas – sus familiares eran oriundos del Maestrazgo -.
Carlista de Cabrera – con el amor a la «Moreneta», que se hallaba cautiva en su mismo trono labrado por manos de ángeles…
Después de un tiempo de estancia en la Compañía de Depósito de Raymat (Lérida) se incorporó al Tercio en Riaza (Segovia), siendo agregado a la 1ª. Compañía como tirador de mortero.
Al cabo de unos días, tomaba parte en las operaciones de liberación del valle extremeño de La Serena y a continuación marchaba a taponar la brecha abierta por los rojos en las tierras catalanas bañadas por el Ebro. Gratos recuerdos encerraban para Altés aquellos parajes que en otro tiempo había recorrido alegremente, para visitar sus familiares de Mora, de Gandesa, de Batea…
Mas ahora todo era desolación y muerte.
De Bot, el Tercio de Montserrat fue destinado a Vilalba dels Arcs, donde le esperaban rudos combates para contener la invasión roja.
De entonces son estos fragmentos de sus cartas:
«He tardado unos días en contestarle, recibiendo la suya en el preciso momento que los rojos nos atacaban como locos. ¡La quinta vez en un día, sin avanzar un metro!».
«En este frente hemos tenido días muy duros, pero gracias a Dios, puedo decir que estoy bien, pues han sido muchos los compañeros caídos. A mí, solamente me ha costado los lentes, de los cuales se enamoró una bomba de mano».
«Entre los pueblos que los rojos cogieron en la infiltración, figura el de mi abuelo (Mora de Ebro), que permanecía allí tranquilo con toda la familia. Ahora no ha podido huir, y tengo muy malas noticias acerca de su situación. Comprenderá mis ansias por reconquistar dicho pueblo».
Pero Dios, en la trama invisible de sus designios había escogido a Pedro Altés, como un jardinero elige a una de sus flores, para un ramo de selección…
El 19 de agosto de 1938, el Tercio de Montserrat, con sus filas sumamente mermadas por los combates de días anteriores, recibe orden de romper el frente rojo, asaltando la cota 481.
Con los restos de su 1ª. Compañía, Pedro Altés, avanza animoso hacia el objetivo por aquel viñedo de «Cuatro Caminos…».
Sus ansias por «liberar al abuelo» lo hubiesen llevado a Mora de Ebro sin parar, pero pronto le detiene – tocándole de pleno- una ráfaga de balas. Sin decir un ¡ay! lanza al aire su cartera, y cae exánime junto a su mortero. ¡Así murió Pedro Altés Escribà!
[Publicado en Nonell Brú, Salvador, Así eran nuestros muertos, Casulleras (Barcelona 1965)]
