JOSÉ A. ABEL PUIG

domingo, 03 de abril 2022

CATEGORÍA: Biografías

Nació en la ciudad de Barcelona el 13 de abril de 1915 en el seno de una familia de acaudalados industriales. Hizo los estudios en el acreditado colegio Lasalle-Bonanova, dirigido por los Hermanos de las Escuelas Cristianas; y el Peritaje en la Escuela Industrial, pasando después a trabajar en la fábrica paterna.

Alegre, dócil, piadoso, pulcro, buen hijo, buen hermano, buen amigo… eran esas sus  principales características. Era uno de los miembros más destacados de la Asociación Bonanova, que agrupa a los exalumnos de su Colegio y en la que desarrollaba múltiples actividades.

A partir del 18 de julio de 1936, su hogar se vio amenazado y perseguido; y mientras el padre sufría en las cárceles rojas, los tres hijos varones pasaban la frontera  francesa para  marchar a luchar en las filas de la España Nacional.

José Antonio Abel, ingresó en el Tercio de Ntra. Sra. de Montserrat el 24 de septiembre de 1937, hallando a la unidad en período de reorganización tras «lo de Codo». Zaragoza, Torres de Berrallén, Ciruelos y Mazarete, son los escenarios donde los requetés catalanes y con ellos Abel, al férreo mando del capitán Ibarra, viven una apretada etapa de instrucción teórico­práctica.

Después, el frente estabilizado de Huertahernando, pueblo semiperdido allá en la provincia de Guadalajara, sector del Alto Tajo, donde les toca guardar las posiciones de «Peña  Rubia», «La  Silla», «El  Cuerno», «Alto de  la Cruz», «Pelayos», «Marigrande», etc., bastante distanciadas unas de otras. Aquella vida monótona exasperaba a los requetés catalanes fastidiados por el tedio y ávidos de lucha, después de haber conocido y padecido la zona roja. Pasaban los días, las semanas, los meses –¡tres meses!– y siempre igual. La impaciencia por el relevo iba en aumento… El mes de abril fue pródigo en bulos sobre una inminente marcha de Huertahernando. En ello tuvo buena parte de culpa el buenazo de Abel, que por su condición de enlace de Plana Mayor, estaba acantonado en el pueblo.

Su enorme buena fe y su afán de complacer a sus numerosísimos amigos, esparcidos en las distintas posiciones, le hacían creer y propagar noticias halagüeñas que después, desgraciadamente, no se confirmaban:

«Parece que la semana que viene nos relevan»

«Ayer hablaba por teléfono el Comandante con el Teniente Coronel de la media Brigada y, al acabar la conferencia, dijo: ¡Así pues, quedamos que el martes! Ya no cabe duda; el martes nos vamos».

«El ranchero de la Plana Mayor tenía noticias confidenciales de que iríamos  a Teruel… »

Y  así cada día, mientras el parte oficial traía cada jornada noticias del avance por Aragón. Todos querían ir allá. Los bulos aumentaban. El  pícaro telefonista Masachs se divertía con la buena fe de Abel: «Nos reclama tal División; es cuestión de pocos días»;  y Abel se lo creía.

«El General X quiere al Tercio de Montserrat, muy pronto iremos a Aragón»; y Abel  picaba…

Cuando las Fuerzas Nacionales llegaron a Cataluña la desesperación  fue  grande… Cayó Lérida. Entonces se rumoreó que los requetés irían allí de guarnición… ¡Pobre Abel! En esto quedó sumamente desacreditado. Suerte que su gran simpatía hacía olvidar  seguidamente los múltiples y morrocotudos berrinches que, por su causa, muchos requetés se llevaron. Pasó otro mes, ¡el de mayo! Y un  día, inesperadamente, cuando ya nadie pensaba o creía  en  ella, llegó la orden de relevo. En Huertahernando la animación era desusada. Los soldados iban y los requetés volvían de las posiciones, alegres y satisfechos.

Los oficiales tampoco podían ocultar su júbilo. Se habían puesto elegantes, con tubos y cazadoras de cuero. Nadie sabía adonde iban pero la opinión general, sin fundamento alguno, era que les destinaban al frente de Cataluña. El pobre Abel fue por unas horas el blanco de pullas, chistes y chirigotas: «al fin acertaste… ». «Ya era hora que dieras en el blanco». «Te van a nombrar Jefe de información de la zona liberada». «Sonó la flauta por casualidad… »

De esta manera acabó la estancia de Abel en Huertahernando. De aquel solitario frente, tras unos días de descanso por tierras de Segovia y Ávila, José A. Abel participó en la campaña ofensiva para liberar el valle extremeño de La Serena y en la dura, larga y sangrienta batalla del Ebro, donde el 14 de noviembre de 1938, inesperadamente, hallaba la muerte destrozado por un proyectil en las inmediaciones de Gandesa.

¡José Antonio Abel Puig!, al que sus compañeros recordarán siempre por su bondad, simpatía y por su reluciente cazadora de cuero, unida a su extremada pulcritud.

[Publicado en Nonell Brú, Salvador, Así eran nuestros muertos, Casulleras (Barcelona 1965)]

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