JOAN AMIELL BAQUERIA

sábado, 20 de abril 2024

CATEGORÍA: Biografías

En el pueblo de Bausen, situado dentro del maravilloso paisaje del Valle de Arán (Lleida), nacieron estos dos hermanos: Juan, el 17 de enero de 1914 y Jesús, el22 de marzo de 1917.

Aunque agricultores de profesión, poseían una envidiable cultura general, adquirida con tesón en las largas veladas invernales del valle pirenaico, hablando perfectamente, además de su propio idioma aranés, el castellano, el francés y el catalán.

Sus aficiones favoritas eran el alpinismo y la escalada; siendo también excelentes expertos en el corte de grandes troncos, deporte ­ utilitario por el que se sienten atraídos los habitantes de la alta montaña y con el que celebran frecuentes apuestas y competiciones.

A los pocos días del fracasado Alzamiento Nacional pasaron precipitadamente a Francia en compañía de dos cuñados, sin documentación, sin ropa y sin dinero, pues estaban amenazados de muerte por haber pertenecido a la Federación de Jóvenes Cristianos de Cataluña, organización religiosa de apostolado juvenil conocida por «Els fejocistes» y que algunos energúmenos revolucionarios confundían con «Fascistas».

Su llegada a la Francia, dominada por las fuerzas marxistas del Frente Popular, constituyó una larga odisea llena de peligros y amenazas con ribetes de auténtica novela de aventuras.

Téngase en cuenta que fueron de los primeros exilados nacionales. Meses después y ante las avalanchas que salían de la zona roja, el gobierno francés les concedía una vez presentados, si no acreditaban tener medios de vida en Francia, 48 horas para abandonar el territorio; sino, eran internados en campos de concentración.

Todos los españoles aquellos primeros días de la guerra eran rigurosamente vigilados y controlados sobre todo si se les consideraba de «opiniones reaccionarias o fascistas».

A nuestros cuatro prófugos araneses, se les cerraron incluso las puertas de varios hogares de familias amigas residentes en Francia, por temor a la policía o a las represalias del Frente Popular.

Vagaron por distintas localidades, sin apenas pararse, ante la amenaza de ser detenidos y encerrados en un campo de concentración. Al fin encontrándose en Béziers, supieron que el Comisario era de ideas nacionalistas y por lo tanto simpatizante de la España Nacional. Se presentaron, pues, a él y le explicaron claramente la situación en que se encontraban. El Comisario, sonriéndoles, les dijo que legalmente no podían quedarse en su departamento, pero que él haría la vista gorda y como era la época de la vendimia, podían camuflarse fácilmente. Aún les dijo más:

«Mirad, aquí tengo cinco jóvenes aragoneses, que, igual que vosotros han entrado en Francia clandestinamente, pero como no saben una palabra de francés ni conocen nada del país, han caído en manos de la policía y los tengo detenidos en la Comisaría, no habiendo más remedio que mandarles a un campo de concentración; ahora bien, si vosotros queréis haceros cargo de ellos, marchándoos de aquí, los soltaré con mucho gusto; a lo mejor se espabilan y se abren camino. Si me ayudáis a resolver esta papeleta os estaré muy agradecido».

Al poco rato salían los nueve de la Comisaría, marchándose a trabajar en las faenas de la vendimia por aquellos pueblos de la Provenza. Lo primero que hicieron fue ocupar a los cinco aragoneses en una gran explotación agrícola, no sabiendo nada más de sus andanzas. Ellos, los araneses, también hallaron colocación, pero tuvieron que abandonar pronto la casa, pues sospechando otros vendimiadores de sus ideas por haberse exiliado de la zona roja, amenazaron con declararse todos en huelga si el dueño no los despedía.

De allí pasaron a una finca donde trabajaban setenta vendimiadores. El capataz era militante comunista y pronto los denunció a la policía, acusándolos de ser fascistas españoles indocumentados. Se presentó la gendarmería y al pedirles la documentación declararon que eran andorranos que habían ido a vendimiar a Francia y que después se volverían a su país. Se dio la coincidencia que un gendarme había estado seis años de guarda en la Aduana franco-andorrana de «El Pas de la Casa» y en distintas poblaciones de aquel principado.

La habilidad de los araneses -en especial del cuñado mayor de los Amiell, que había ejercido diez años de maestro en La Seu d’Urgell y demás pueblos fronterizos con Andorra, conociendo por tanto muy bien aquella zona, sus gentes y sus costumbres-, tuvo el éxito de contestar a todas las preguntas sobre la geografía y política andorrana que les formuló el gendarme mencionado delante de sus compañeros y del capataz comunista, quedando libres. Acabada la vendimia, se presentaron en Montpellier a la sede del partido nacionalista francés, por haberse enterado que publicaba un semanario simpatizante con la España Nacional.

Fueron muy bien acogidos y hasta «interviuados», encontrando pleno apoyo para ser recibidos por el Cónsul de Sète con el fin de que les proporcionara un pasaporte que, aunque falso, les permitiría moverse libremente.

Llegados a Sète, con un recorte de tarjeta que tenía que coincidir con otro que tendría el Cónsul, se dirigieron inmediatamente al Consulado Español. Por ser éste, lugar de enganche para los voluntarios de las «Brigadas Internacionales», había una larguísima cola de jóvenes y viejos que se inscribían como voluntarios para luchar en el Ejército Rojo de la República Española.

No era muy halagüeño para los evadidos araneses tener que estar unas horas haciendo cola mezclados con aquella multitud de enemigos encarnizados. Era menester buscar una estratagema para llegar cuanto antes al despacho del cónsul sin ser descubiertos.

Fue entonces, cuando muy decididos, dijeron en voz alta y pisando firme, que eran aviadores y técnicos que tenían que presentarse inmediatamente a Barcelona. Aquello fue un éxito bomba. ¡Dejadles pasar! -se decían los internacionales- ¡dejadlos pasar que son aviadores reclamados por el Estado Mayor del Ejército Republicano!

Así, saludando con el puño en alto, los futuros requetés del Tercio de Nuestra Señora de Montserrat, iban pasando riéndose ante aquellas largas filas de enemigos, mientras recibían sus parabienes y homenajes, hasta llegar al despacho de cónsul.

Reconocida la consigna, éste muy amablemente gritó en voz alta a su secretaria: «Venga inmediatamente pasaporte para estos jóvenes esforzados, pues les están esperando en Barcelona».

Ya estaban salvados, ya tenían documentación legal para circular por Francia y por toda Europa. Y así, saludados por todos como héroes, -lo eran en realidad de verdad-, salieron del Consulado rumbo a… Italia. Era el 6 de octubre de 1936. Al día siguiente se presentaron en Roma a la Embajada Española. Hacía sólo 24 horas que ésta había pasado a manos del representante de la España Nacional.

Al llegar allí el agregado militar se sintió profundamente halagado que al día siguiente de tomar posesión ya se presentasen cuatro voluntarios de 32, 29, 22 y 19 años respectivamente. Al preguntarles de dónde venían y al contestarle «De Cataluña», el agregado militar les dijo: «El Marqués de Magaz quedará estupefacto».

Y efectivamente así fue, pues al notificarle que los primeros voluntarios inscritos para la España Nacional eran catalanes el Marqués afirmó: ¡Aún hay buena gente en Cataluña!

Esta afirmación tenía gran importancia, por ser pronunciada por todo un señor Embajador, en cuyo ánimo como en el de muchos españoles habían causado profunda mella los confusos acontecimientos políticos del Principado desde la implantación artificiosa del Estatuto y la trayectoria sectaria de la «Generalidad».

Así pues, los voluntarios catalanes fueron recibidos como héroes en la Embajada Española en Roma y no les dejaron marchar hasta poderles extender la autorización que les franqueaba paso libre por Italia y Francia hasta la frontera de la España Nacional. Permanecieron en Roma hasta el 15 de octubre residiendo en el Colegio Español a cargo de la Embajada.

Aquellos días por mediación del padre Albareda, monje de Montserrat y Prefecto de la Biblioteca Vaticana, fueron recibidos en audiencia por Su Santidad el Papa Pío XI, el cual «los animó y bendijo la decisión de pasar a la España Nacional a combatir por la Fe y la Libertad».

El 16 salían de Roma, y atravesando Italia y el sur de Francia sin ninguna clase de obstáculos, llegaron a la frontera española de Navarra por Dancharinea.

Con ansias de luchar cuanto antes en la Cruzada Nacional pasaron a Pamplona y de allí a Burgos y Zaragoza, de donde partieron para Mediana de Aragón formando parte de los treinta y cinco primeros voluntarios del Tercio de Requetés de Nuestra Señora de Montserrat.

Meses más tarde los dos cuñados causaron baja en la unidad continuando los hermanos Amiell ligados hasta morir, a las penas y alegrías de los combatientes del Tercio Catalán.

De Mediana pasaron a Belchite y Codo, donde fueron ascendidos a cabos.

Durante el asedio a este pueblo, ambos hermanos defendían la posición «Camino de Quinto» y «Paredón» a las órdenes del alférez Bonet y del sargento Bañeres permaneciendo en sus puestos hasta última hora en que se retiraron a la «Casa del Cura», de donde ambos hermanos salieron para lanzarse al desesperado ataque «a vida o muerte», y que en este caso la frase castrense tuvo exacto cumplimiento. Juan, el mayor, quedó acribillado sobre aquella tierra sedienta; en cambio Jesús fue uno de los pocos que pudieron romper el cerco a punta de bayoneta marchando campo a través hacia Mediana, desviándose hacia la izquierda al notar síntomas de lucha en la población y llegando a El Burgo, de donde después de informar al Comandante de aquellas fuerzas salió en camión hacia Zaragoza.

Jesús Amiell, con la herida moral de la pérdida de su hermano, siguió firme en la brecha siguiendo la suerte del Tercio de Montserrat.

Ascendido a sargento colaboró activamente en la reorganización de los cuadros del Tercio, -deshecho tras el glorioso episodio de Codo-, primero en Zaragoza y después en Torres de Berrallén.

Estuvo en el frente de Huertahernando guarneciendo aquellas aisladas posiciones, desde febrero a mayo. Participó en las operaciones para liberar el extremeño valle de La Serena durante los tórridos días del mes de julio, y lleno de entusiasmo por luchar en tierra catalana, llegó al frente del Ebro.

En la madrugada del día 30 de julio de 1937, mientras se colocaba en línea con su 3ª Sección de la 1ª Compañía a la derecha del pueblo de Villalba de los Arcos, siguiendo la carretera hacia Gandesa, empezó el gran ataque rojo para apoderarse del pueblo y dominar así plenamente el punto culminante de la comarca de la «terra alta».

El sargento Amiell, dándose cuenta de la situación, agravada al caer herido su alférez, con gran serenidad y sin quererse agachar, animaba a sus requetés, y rechazaba al enemigo lanzándole bombas de mano.

Pero las balas no respetan el valor de los jefes, y como un auténtico jefe de su batallón, el sargento Jesús Amiell Baquería cayó destrozado por una ráfaga de balas explosivas.

Sus últimas palabras fueron un recuerdo para su madre, difunta por cierto hacía tiempo: «¡Ay mare!» y allí quedó inmóvil, mientras a su alrededor seguía la lucha en toda su crudeza.

[Publicado en Nonell Brú, Salvador, Así eran nuestros muertos, Casulleras (Barcelona 1965)]

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