FUNDACIÓN Y PRIMEROS PASOS DEL TERCIO DE REQUETÉS DE NUESTRA SEÑORA DE MONTSERRAT

miércoles, 12 de enero 2022

CATEGORÍA: Historia

1.- La cuna de Navarra

Los primeros catalanes que vía Francia llegaron a la España Nacional tras abandonar su tierra oprimida, lo hicieron por los pasos de Navarra, ya que la frontera con Irún no se conquistó hasta el 5 de septiembre de 1936. Cada uno que llega trae para contar una triste historia hecha de sangre y de dolor. Su evasión ha adquirido con frecuencia caracteres de epopeya. Y al llegar se encuentran con lo que se ha llamado «el milagro de Navarra»:

«El 19 de julio –escribió Arrarás– se hacía realidad y cristalizaba en un espectáculo asombroso la leyenda carlista… Pamplona se arrebolaba de boinas rojas y florecían las banderas españolas que aleteaban con impaciencia por iniciar un vuelo de conquista y contar el prodigio al resto de la Patria.»

¡Qué grande Navarra en aquella jornada! Frente a los cuarteles, donde afluían avalanchas de boinas rojas y se organizaban los voluntarios para marchar a la guerra, se daban las escenas más inverosímiles de abnegación y patriotismo. Pueblos como los de Mendigorría y los de Artajona, que se quedaron no sin mocedad, sino hasta sin hombres. Ancianos a los que hubo de contener, porque la sangre les tiraba y querían “echarse al campo”. Los siete hermanos de una familia de Pamplona con el fusil. El padre y los cinco hijos de un pueblo de la ribera. Abuelo, hijo y nietos en la misma familia. Era el milagro de Navarra. El milagro de la perseverancia de Navarra. El milagro de la Tradición. ¿Fue sólo el número? ¿Fue sólo el entusiasmo sin par de aquella gente valiente y sencilla? No. El “milagro de Navarra” fue también la resurrección de aquella antigua carlistada, cuyos funerales tantas veces se habían celebrado por los que querían descristianizar a España. En los términos literarios en que aquí puede emplearse esta palabra –milagro– hubo tan sólo el de la supervivencia a través de un siglo de derrotas, traiciones, cismas y hostilidades. “Milagro” hubo en la expansión de aquel ideal que en Navarra se había conservado y que pronto se extendió por toda la zona nacional».

¿Y cuál era el ideal de Navarra? Así lo define López Sanz:

«Lo que importaba era mantener las ideas que nos engrandecieron y rechazar las que nos empequeñecieron; defender la fe de nuestros padres y combatir la indiferencia o la incredulidad de los tiempos modernos: vivir aferrados a la tradición y ambicionar la vuelta a la España tradicional, permaneciendo de espaldas a todo lo exótico y antiespañol derivado de la Revolución francesa. Por eso, porque sentía unos ideales que no le cabían dentro del pecho, salió Navarra a derramarlos por España, a morir por ellos.»

»En la bendita aurora de un 19 de julio de 1936 –de un día luminoso de recolección y prometedor de realidades– ha sonado el aldabón en el portal de los hogares navarros y sus hombres han despertado para ir animosos a la Cruzada. Es la hora de Navarra. Ya van sus mozos entonando la canción antañona de las gestas de la Tradición: Por Dios, por la Patria y el Rey lucharon nuestros padres… Por Dios, por la Patria y el Rey lucharemos nosotros también …

¡Toda Navarra estaba en pie! Aquello fue un torrente inimaginable. El punto de concentración fue la plaza del Castillo de Pamplona y eso por varias razones. Por ser el lugar más céntrico de la capital, por ser un espacio amplio, por, en definitiva, estar allí el Círculo Carlista en el que se esperaba encontrar un arsenal y por lo menos, órdenes concretas sobre lo que había que hacer. Más tarde, la Diputación se convirtió en Cuartel General de aquel nuevo ejército carlista. Desde las ocho de la mañana, una muchedumbre, con más aire de romería que de mañana de domingo provinciano, llenó de amapolas el rectángulo de la plaza. No cesaban de llegar centenares y más centenares de boinas rojas. Se llenaron los soportales, los «porches», no se cabía debajo de los arcos. Allí estaba, la primera, toda la juventud pamplonica. Aquella juventud de las alegres fiestas de San Fermín… La Plaza del Castillo –que Jesús Elizalde definió después como “El patio de armas de la España Nacional”–fue escenario aquella mañana de la más sublime de las manifestaciones que un pueblo puede dar. Era el plebiscito de la muerte y el heroísmo en busca de la victoria de la fe y el patriotismo. Una gran emoción religiosa acompañaba el espectáculo, se cantaban canciones patrióticas y se vitoreaba continuamente a la España que la República no había dejado vitorear; también se gritaba ¡Viva Cristo Rey! y se formaban colas ante los sacerdotes, que confesaban en la misma calle a los que no habían podido hacerlo antes en las iglesias.

Allí estaba Navarra toda en pie. Y no fue para defender su terreno, fue para salir fuera de los límites de su provincia marchando a defender a la patria común adonde fuera menester. Navarra no fue a defenderse a sí misma sino a reconquistar a España para la fe de Cristo.

El general Mola, que sabía que la organización del requeté disponía de unos 6.000 hombres bien instruidos en toda Navarra, preguntó unos días antes si podía contar con 2.000 de ellos. La respuesta se le dio en la plaza del Castillo, llena de boinas rojas en número que se podía calcular en 4.000. El general revistó aquella mañana del 19 de julio a los requetés uniformados y dicen que se impresionó al ver tal multitud:

– «¡Qué magnífico espectáculo! –le dijo al teniente coronel Utrilla–. Pero son muchos más de los que pedí.

–Sí, mi general. Son unos cuatro mil, pero mañana habrá el doble.

–¿Y con qué vamos a sostenerlos?

–¡Dios que los ha traído proveerá!»

El caso es que a los quince días de haber comenzado el alzamiento, Navarra puso en pie de guerra cerca de 40.000 hombres. Monseñor Marcelino Olaechea, obispo de Pamplona, pudo decir años después:

«Los mejores hombres de todas las razas rendirán homenaje a la fe y al patrio valor de un pueblo, religioso, trabajador, sencillo y bravo que se llama Navarra; y de un pueblo que salió a la guerra –como decían sus mozos con frase encantadoramente ruda– ¡a defender a Dios! No hay casa en Navarra que no lleve luto».

Los miles de heridos, los miles de mozos bizarros volverían a cultivar la tierra seca y dura sin soñar en terrenas recompensas; dirán a los mozos de todos los tiempos que para vivir como animales es mejor no vivir, ya que hay valores más altos que la vida.

(…) No es de extrañar, pues, que los primeros catalanes llegados a la España Nacional por Navarra, quedaran subyugados por aquel ambiente y se dispusieron sin titubear, a pesar de que muchos no tenían la edad militar, en participar como fuese en la gran empresa.

[Publicado en Nonell Brú, Salvador, El laureado Tercio de Requetés de Nuestra Señora de Montserrat (Barcelona 1992), 127-130].

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