LLUIS AMAT BADRINAS
Para esbozar la figura señera que más influyó en crear el «espíritu de Cruzada» del Tercio de Requetés de Ntra. Sra. de Montserrat y al que, sin duda alguna se puede presentar como un acabado modelo a la juventud bajo todos los aspectos buenos, nos valdremos primordialmente, en su primera parte, de los apuntes de su gran amigo, el malogrado José Mª Palau.
Jaime Amat Badrinas nació en la industriosa ciudad de Terrassa (Barcelona), el 26 de agosto de 1916.
Es circunstancia importante, al destacar su personalidad sobresaliente, señalar que nació en un ambiente de elevada y acomodada posición social, que en él se desenvolvía su círculo familiar y en él recibió su esmerada educación cultural y humana.
Heredero de antigua prosapia industrial, todas las circunstancias iniciales de su vida, así familiares como de amistad, le emplazaron para intervenir activamente -luego de conseguida su formación -, en el complejo de la vida industriosa de la vieja Egara, cual otro promotor y artífice de la ingeniería textil, penetrando los secretos del telar o traduciendo el simbólico lenguaje de las humeantes chimeneas fabriles.
Su hermano Luis, el otro hijo varón de la familia Amat-Badrinas -que seguiría una línea paralela a la de Jaime en la vida y en la muerte-, nació el 24 de diciembre -Nochebuena-, de 1917.
Ambos hicieron sus estudios de 1ª. Enseñanza y Bachillerato en el Real Colegio de las Escuelas Pías de su ciudad natal con las brillantes calificaciones de sobresaliente y matrícula de honor.
A ambos hermanos de bastante parecido físico y moral -Luis era más delgado-, les era característica una acusada gravedad y distinción en el andar y en los ademanes. Sus rostros de ancha frente y cabellos ondulados reflejaban la serenidad de sus almas en gracia y un equilibrio perfecto de facultades.
Ambos tenían un temperamento sencillo, amable y pulcro. Luis algo enfermizo, pero más alegre.
Jaime más enérgico y decidido. No obstante, nunca, ni en los momentos más difíciles, abandonaban ambos su sonrisa característica.
Jaime Amat, que desde su adolescencia nos mostraría su alma transparente a través de las páginas de un «diario íntimo», profesaba a su hermano menor un intenso y ferviente cariño, correspondido por Luis con auténtica veneración. Base de tan singular amistad fue la identificación absoluta de los dos hermanos, que más tarde habían de unirse también en la ofrenda generosa de sus vidas, muriendo por Dios en el servicio de la Patria.
Juntos compartieron sus sentimientos y confidencias. Se alentaron en sus estudios, realizaron sus viajes, trabajaron apostólicamente en el mismo centro y practicaron los Ejercicios Espirituales, recibiendo la Medalla de Congregantes y la insignia de Acción Católica, constituyendo siempre Jaime el modelo de virtudes para el hermano menor y el amigo sincero de su juventud.
Porque la necesidad de tener un amigo, y el no hallarlo, constituyó para Jaime Amat una seria preocupación en su adolescencia. De aquella época son estas frases que se encuentran en su «Diario»:
«Cuantas veces, Señor, desde niño
he buscado en un pecho leal
luz, colores, frescura y reposo.
¡Ay! y cuantas hallé en la amistad
polvo fácil, sierpes… agua de la mar!
Esta estrofa del Padre Herrera, me la he aprendido de memoria porque es triste confirmación de mis amistades. Hace ya tres años que voy buscando un pecho leal y no lo he encontrado. Todos permanecen indiferentes. Se ve enseguida que nunca se han elevado, porque si lo hiciesen, verían el consuelo que da tener un amigo».
Entre otras muchas cualidades, Jaime Amat era de una precocidad extraordinaria. Desde muy pequeño -13 años tenía-, cuando se dio cuenta del valor de la educación para su vida, y a ella se consagró por completo.
De un estudio del orden deduce que éste es necesario para que fructifiquen sus ideas y que la educación consiste en aprender a ser ordenado.
Además, puso un gran empeño en crearse su propia personalidad, para que nunca tuviera que ir a remolque de nadie.
Sobre ello escribe ya en 1929 en su «Diario»:
«Para tener personalidad es necesario tener ideas propias, sentimientos propios, voluntad propia; no dejarse llevar por las ideas dominantes, sino por sus sentimientos y buen corazón, y hacer lo que la razón le dicte a uno. Un hombre de personalidad propia es diferente de todos los demás, porque éstos se dejan llevar por el medio en que viven, por las modas, por las costumbres; mientras aquél se guía por la razón.
»Este curso ha sido fecundo en acontecimientos dentro de mi espíritu. Estoy en época de formación; más que nunca siento la necesidad de libros de fondo que me sirvan de orientación, más que nunca comprendo que el tiempo me es precioso, que no puedo perder ni una hora.
»Esta transformación se ha verificado casi espontáneamente; fue de una vez cuando sentí la necesidad de leer obras de fondo, y que me vino una sed de ideas que me obligó a abandonar las novelas».
En abril de 1931 un hecho político en la historia de España -la proclamación de la República- influyó poderosamente en la vida y carácter de Jaime Amat. Este acontecimiento público fue el agente causante de nuevas orientaciones. Es verdad. Y el hecho fue que los problemas políticos y sus luchas le llevaron a la conclusión de que el problema en sus raíces era de carácter social. La baja cultura de los humildes es campo abonado por los agitadores y aprovechados y su inicial propósito fue intervenir para remediarlo. ¿Cómo? Más tarde -y a pesar de sus 15 años- tomaría decisiones importantes que le conducirían a hacer algo útil, y su idea de utilidad era la de capacitarse y aportar a la sociedad un valor personal; y esa sed de conocimientos cristalizaron en el período siguiente de vacaciones en el estudio de dos asignaturas: Mecánica y Prácticas de taller, que colmaron plenamente sus anhelos de trabajar.
En junio de 1933 Jaime Amat acaba el Bachillerato, finalizando con ello una etapa en el camino de su vida.
Durante el último curso, se ha dedicado preferentemente a comprobar la solidez de la nueva posición que el Señor le babia propuesto: el sacerdocio. Y la comprobó mediante una exploración cuidadosa del corazón humano, a través de sus compañeros de aulas, para sacar la conclusión, vista la frivolidad del mundo, de que no hay nada más aburrido que el divertirse según el mundo. Y anota en su «Diario»:
«Y la síntesis que de muchas percepciones he sacado ha sido un fortalecimiento en los caminos, tiempos atrás emprendidos, esperando ser bastante fuerte para emprender el vuelo y volar arriba, muy arriba, hasta el pináculo del santuario».
Y llegado el momento de las resoluciones prácticas, Jaime propuso a sus padres el propósito de ingresar en el noviciado de los Padres Escolapios.
Su padre, como medida de prudencia, y al propio tiempo para asegurarse de la vocación de su primogénito en quien tantas esperanzas cifraban, creyó oportuno que terminara antes sus estudios y luego, si perseveraba en sus propósitos, no se opondría a ello.
Y Jaime Amat escribe en el «Diario»:
«El hombre propone, más Dios dispone, y dispone siempre lo mejor para nuestro bien. Por eso, cuando pensando poder realizar mis más grandes aspiraciones, me he encontrado que tenía que esperarme un ratito más, no me he preocupado ni poco ni mucho. Cuando Dios lo hace, Él sabe por qué lo hace . ¡Bendita sea su voluntad!»
Y en el mes de octubre de 1933, cumpliendo las indicaciones de su padre, Jaime Amat comenzó sus estudios de Ingeniero Manufacturero en la Escuela Industrial de Terrassa.
Comprendía así la prudencia de su padre, y de acuerdo con su Director Espiritual, no tuvo inconveniente en aplazar su entrada en Religión, mucho más, pensando que, si entraba concluidos sus estudios, poseería un caudal de conocimientos que más tarde le serían precisos y que tal vez no podría adquirir. Mas si bien su voluntad se conformó, su espíritu sentiría la nostalgia del ideal sacerdotal alejado, y en las páginas íntimas de su «Diario» dejaría escritas, en julio de 1934, estas palabras que nos suenan como un lamento de la soledad que siente entre los hombres y de la ambición impaciente para conseguir sus sueños:
«Tengo hecho un plan de vida, distribuidas todas las horas y ni cinco minutos me quedan para el aburrimiento, y con todo, llevo una vida de ermitaño, pero con una soledad terrible. El estudio da placer, pero no satisface. Y los compañeros ¡no puedo quejarme! Los tengo excelentes; tanto, que difícilmente los podría encontrar mejores. Pero con todo no satisfacen. Nunca podrán llenar el vacío del corazón cuando se han quedado a mitad del camino…
»Por eso voy solo, con soledad peor que la del ermitaño, porque el ermitaño tiene muy buena compañía. Y en esta soledad, el corazón insatisfecho solo tiene un anhelo: subir arriba, muy arriba y entonces abrir los brazos, abrazar a todos los hombres y ayudarles a subir. Y aún más que los hombres, los niños. Estos pobres chavales que se arrastran por estas ciudades de maldición».
Y sigue el lamento con una profesión espontánea, íntima, de fervor escolapio…
«Creo firmemente que preservar a los niños en su formación es el lugar donde el Señor me llama. Y por eso mi corazón está ansioso de mi anhelo incompleto. Ir a Dios, llevando niños, muchos niños, llevándoselos a brazos llenos».
Y resignado esperó que el Señor dispusiera las circunstancias que habrían de conducirle a la realización sublime de su ideal, mas la Providencia en la trama invisible de sus designios dispuso que después de sobresalir como ejemplar entre los ejemplares en el campo del apostolado seglar, fuese prematuramente trasplantado al paraíso, desde el lecho doloroso de un hospital de campaña.
En octubre de 1934 hallamos a los dos hermanos Amat enfrascados de lleno en los estudios superiores. Jaime en la Escuela de Ingenieros de Terrassa, y Luis en el Instituto Químico de Sarriá (Barcelona). Ambos vivían una vida circunscrita a sí mismos, con rara comunicación y expansión de amigos ni frecuencia de diversiones, excepto reiteradas salidas a la montaña en plan de excursionismo al que ambos hermanos eran muy aficionados.
La vida de piedad corría pareja con sus costumbres y limitábanse a cumplir sus deberes religiosos sin enrolarse jamás en actos de piedad colectiva ni en asociaciones que la fomentaran. Repetidas veces les habían propuesto el ingreso en la Congregación Mariana, donde figuraban muchos compañeros de estudios y siempre se habían negado a ello por no considerarlo suficientemente necesario para alterar el ritmo de su vida.
No obstante -principalmente Jaime, el amigo y modelo de su hermano-, sentía la necesidad expansiva del apostolado, si bien a su gusto y manera.
Así transcribe en su «Diario»:
«¿Vengo obligado a una acción positiva? Creo firmemente que sí; aunque no sea más que para todo buen católico, vengo obligado al deber del apostolado. Pero este apostolado puede hacerse de dos formas: trabajando solo en la esfera individual y trabajando desde una organización católica. En la primera forma debo hacerlo. Antes que todo he de procurar formar en torno mío un ambiente de pureza y hacer respetar mi dignidad de cristiano, lo que ya lleva en sí una actuación dirigida al exterior. Después, aprovechar todas las ocasiones para influir en las ideas, sentimientos y conducta de mis compañeros dirigiéndolos hacia el bien».
Pero la Divina Providencia en una de sus sencillas manifestaciones preparó las circunstancias que habían de dar impulso y concretar en fervores apostólicos «desde una organización» la piedad y las dotes inmejorables del joven egarense.
El Consejo Superior de la Juventud de Acción Católica había anunciado para el mes de diciembre de 1934 un cursillo con carácter nacional para la formación de directivos y deseaba un representante de la Diócesis de Barcelona.
En aquella fecha solo un centro, el Parroquial del Santo Espíritu de Terrassa, funcionaba en la diócesis del Obispo mártir Dr. Irurita.
Jaime Amat no pertenecía a la Acción Católica ni a asociación alguna debido a su retraimiento, pero la tarde del 25 de noviembre de 1934 se hallaba circunstancialmente, por ser domingo, charlando con algunos amigos en la biblioteca de aquel Centro Parroquial.
Allí se comentó la imposibilidad de asistir al Cursillo de Madrid el representante de Terrassa que había sido designado previamente por dificultades particulares surgidas a última hora.
Y alguien, casi con impulso instintivo, sin consultar con nadie, sin intención ni esperanza de éxito, ofreció a Jaime Amat la representación.
Amat, después de leer atentamente la revista «La Flecha», en la que se insertaba el cuadro de asignaturas y profesores del cursillo, respondió:
«Lo pensaré y mañana tendréis mi respuesta».
Lo consultó con sus padres y al día siguiente por la noche partía para Madrid como representante de la diócesis barcelonesa.
En el cursillo puso a contribución sus excepcionales dotes, consultando y tomando abundantes notas que luego sirvieron para pautar su actuación en el centro de Terrassa. Coincidió también su estancia en Madrid con la celebración de la V Asamblea Nacional de la Juventud de Acción Católica, de la que fue designado Secretario de Actas, cumpliendo tan escrupulosamente su cometido que mereció del Consejo Superior particular felicitación, pues nunca esperaron de un Secretario de Actas una labor tan concienzuda como la que realizó.
Y volvió Jaime Amat de la capital de España el 24 de diciembre. Pero ya no era el mismo muchacho que había ido. La gloria del Señor le había ungido y despertado su vocación apostólica.
Se fue para siempre el joven retraído y poco comunicativo. Lleno ya del espíritu de Dios, vino a rebasar sus fervores y a comunicarlos en caridad a todos los compañeros. Se fue al cursillo el muchacho sin orientación y regresó el directivo formado y experto. En su «Diario» deja anotadas sus impresiones:
«Describir las tres semanas que pasé en Madrid sería inacabable. Por los efectos se conocen las causas y la señal profunda que en mi alma han dejado aquellos días habla bastante de la intensidad y eficacia de la labor desarrollada.
»Tenía al empezar este curso un plan de vida en el que estaban encuadradas todas mis actividades. Pues, la parte relativa al apostolado social queda totalmente reformada. Estos días he oído claramente la voz del Espíritu Santo que me ordenaba interviniera directamente y desde los puestos directivos en la vida de las entidades católicas de mi parroquia. Solo me queda, pues, adorar la voluntad divina, rogar para que no me abandone su gracia y confiadamente ponerme al instante a trabajar».
Una profunda transformación se estaba verificando en las actividades de Amat. Equilibrado en todo, quiso también ser previsor con la previsión necesaria para todo aquel que quiera dedicarse al apostolado. La acción ha de nutrirse de la sobreabundancia de la vida interior y comprendió cuan ineficaz sería su apostolado si no subvenía al aumento de actividad con igual proporción de unión con Dios.
Y así que pudo disponer de unos días, al acabar el curso, en julio de 1935, Jaime Amat, juntamente con su hermano Luis, a quien ha comunicado y contagiado sus inquietudes apostólicas, practican los Ejercicios Espirituales en completo retiro, sobre los cuales deja escrito en su «Diario»:
«Festivales del Espíritu ha sido la tanda de Ejercicios que acabo de hacer. ¿Sorpresas? ¿Sentimientos inesperados? Ninguno. Aunque nunca hubiera asistido a ninguna tanda, conocía y había experimentado ya lo que es fundamental en los Ejercicios. Por eso la única impresión que he sacado ha sido dar la razón a San Ignacio cuando distribuyó sus ejercicios en cuatro semanas. Con cinco días de retiro como hemos tenido, no hay ni, para empezar».
Al entregarse a la Juventud de Acción Católica lo hace generosamente y sin reservas; consciente de su importancia, en la festividad de san Luis, junto con su hermano, ingresa en la Congregación Mariana, consagrándose a la Santísima Virgen.
Desde este momento la actuación de Jaime Amat en la A.C. de Terrassa se perfila cada día más intensa y eficaz; alternando sus estudios de ingeniero que mantiene siempre en idéntica intensidad y brillantez, con sus actividades apostólicas.
Se le nombra Vocal de Estudios en la Junta Directiva de la Juventud. Al ocupar este cargo, planeó temarios adaptados a las diversas circunstancias de formación y ambiente, dirigiendo personalmente los Círculos de Estudios con precisión y maestría, resaltando su preparación y competencia.
Sería prolijo enumerar cada una de las intervenciones suyas en la vida de aquel Centro y sus relaciones con los organismos superiores. Asimismo, con pulcritud y elocuencia, usaba para la propaganda de la pluma y de la palabra.
Su actuación en la Escuela de Ingenieros, sede de sus estudios, fue muy destacada, ocupando el cargo de Tesorero de la Asociación de Alumnos.
En cierta ocasión -eran los días de la República laica-, mientras un profesor se permitía en plena clase proferir conceptos injuriosos para las cosas sagradas, Jaime Amat, levantándose rápidamente del asiento, le atajó y obligó a no proseguir en sus manifestaciones, ante el asombro y admiración de sus compañeros que aplaudieron su actitud. Intervención enérgica, decidida y valiente cual convenía a un pecho noble y generoso.
Aquel curso 1935-1936, con la legislación sectaria de entonces, se determinó suprimir la fiesta de Santo Tomás, patrón de los estudiantes. Amat, con toda bizarría, acudió primero al claustro de profesores y organizó personalmente la huelga estudiantil después, hasta lograr al fin sus nobles propósitos. En dicha fiesta, que se celebró con gran esplendor, pronunció un parlamento en el Teatro Principal de Terrassa.
También en otra ocasión intervino eficazmente para lograr la suspensión de una conferencia que había dar en la Escuela Industrial el diputado comunista Andrés Nin.
Amat procura siempre estar en íntimo contacto con todo aquel que le rodea para ayudar a salvar el alma de los jóvenes, por eso los conoce, los ama, los defiende, procura atraerlos al apostolado y les abre horizontes de gracia y de luz. Les habla a menudo de sus preocupaciones, Les facilita propaganda e incluso les suscribe a distintas publicaciones formativas que ellos recibirán sin enterarse ni adivinar siquiera quien se las envía.
Sobre la juventud estudiante de entonces, Amat tiene una visión certera que deja transcrita en su «Diario»:
«Salidos los niños de la segunda enseñanza, adolescentes aún, tienen una formación moral casi nula. Los rudimentos de doctrina cristiana aprendidos de pequeños, algunas veces nociones de apologética, entradas medio a la fuerza; en lo que hace referencia a la voluntad está su relación con el nivel intelectual; algunos hábitos que en ciertos casos no pasan de hábitos mecánicos inculcados por el reglamento escolar o aprendidos cada vez en menos cantidad en la vida de familia… Con este grado de formación moral los chicos se enfrentan con la vida; es decir, la vida se enfrenta con ellos, porque ellos no tienen conciencia plena de sus actos. Ya antes de salir del colegio han estado en contacto con lo que se llama diversiones; principalmente en la temporada de vacaciones son ya corrientes los flirteos de chiquillos de trece a catorce años. Salidos del Colegio, sus únicas preocupaciones son dos: cumplir con las obligaciones del propio estado en el menor grado posible y divertirse. Sobre todo, este gran ideal: ¡divertirse!
»Muchas veces en amigos he procurado buscar ideales un poco más elevados pero inútil. Su única preocupación es divertirse. Su único juicio decir que una cosa es aburrida o divertida. No quiero decir que hagan un vacío sistemático a toda clase de obras. Estarán inscritos en muchas, e incluso trabajarán en ellas, pero el entusiasmo por un ideal, el entusiasmo que llega más allá de asistir a una reunión o aceptar un cargo directivo, no lo he podido encontrar. Actúan arrastrados, pero nunca como motores.»
Y como buen conductor, como dirigente, como líder de juventudes, resuelve iniciar otro medio de conquista: trabajar los adolescentes y, en el Aspirantado de la Juventud, inculcarles los grandes ideales de la Acción Católica, aprovechando la especial inclinación de la adolescencia para todo lo que sean grandes y sublimes gestas.
Esto fue lo que llamó más tarde el futuro sargento del Tercio de Ntra. Sra. de Monserrat «primer frente de batalla».
Y era frecuente verle rodeado, acariciando e instruyendo a los pequeños chavales, muchas veces desaliñados y sucios, contrastando con su porte fino, pulcro y distinguido, mientras los acompañaba en sus juegos y excursiones.
Y sin desalientos ante fracasos y deserciones, Jaime Amat va siguiendo su camino con paso firme, porque sabe lo que hace, por qué lo hace y por quién lo hace…
Así nos explica en su «Diario»:
«La Juventud de Acción Católica respecto a mí, reviste el carácter de medio; medio en cierta manera necesario y por eso es obligatorio, pero medio siempre.
»Mi actitud con respecto a ella, ha de ser la misma que respecto a todos los medios: amarlos y quererlos en cuanto convengan al fin. Por eso todas las desilusiones que pueda tener en mi apostolado no han de preocuparme poco ni mucho.
»Mi fin no es trabajar para la juventud sino trabajar para Dios.
»Y el mérito de las obras delante de Dios es independiente del éxito o del fracaso».
II
Mientras tanto, negros nubarrones se extendían sobre España, en amenaza de tormenta.
Jaime Amat lo sabía, lo veía y lo palpaba sin perder su característica serenidad y sin cruzarse de brazos estoicamente.
Apóstol aventajado y completo, era aquel cristiano perfecto a que aludía el Papa Pío XI que, fruto de su formación en la Juventud de Acción Católica, sabía encontrar en cada ocasión y circunstancia de la vida la solución cristiana al problema que se plantea. Y su palabra serena, precisa y oportuna, indicaba la norma de actuación para cada particular circunstancia.
Así, cuando el 16 de febrero de 1936, con motivo de las elecciones generales, se iban conociendo los resultados desastrosos y la derrota de los «partidos de orden»; cuando la desorientación cundía ante los acontecimientos que no se precisaban pero se presentían; cuando ardores juveniles impulsaban a lanzarse a la calle a luchar con las mismas armas que el enemigo; cuando en la noche del 17 las calles de Terrassa estaban desiertas y menos frecuentados los locales de «derechas» por presagiados y temidos registros, Jaime Amat convoca, como cada lunes, a sus amigos a círculo de estudios.
«Éramos diez -explica un testigo de la escena- y él imperturbable, sin perder su serenidad ni su sonrisa, abre el libro de los Santos Evangelios y lee: «Buscad primero el reino de Dios y su justicia y lo demás se os dará por añadidura». Y comenta el texto santo y busca aplicaciones de actualidad
¿Lanzarse por la política? ¿Gastar las reservas espirituales en cosas accidentales y que pueden morir? ¡No!, formación en la Acción Católica, nutrir sus filas, llenarnos de Dios y lo demás vendrá por añadidura».
Esta fue su consigna por entonces…
Porqué decir joven católico es tanto como decir joven generoso y henchido de amor patrio. Así cuando la Patria lo quiere y la necesidad lo demanda; cuando los fundamentos cristianos de la sociedad se resquebrajan y la inminencia de una catástrofe se cierne sobre el horizonte de España; cuando la madre convoca a sus hijos y la cruz y la espada se alzan de nuevo en grito de Cruzada, Jaime y Luis Amat Badrinas, militantes de Acción Católica, sin haber pertenecido nunca a ningún partido político, dan un paso al frente, responden el «¡Presente!» de ritual y se apresuran a ocupar su puesto entre los valientes.
Este modo de reaccionar ante los dramáticos acontecimientos que siguieron en Cataluña al fracasado Alzamiento Nacional fue, en definitiva, el de millares de jóvenes catalanes.
En los primeros días de la revolución la familia Amat-Badrinas pudo trasladarse a Barcelona, escapando del furor de los rojos de Terrassa.
En la Ciudad Condal y cambiando varias veces de refugio, la familia tuvo que separarse en vista a una mayor seguridad y a procurar la salida de la zona roja.
Primeramente, pudieron hacerlo los padres y hermanas. Después Jaime y Luis, pasando como «hijos» que un señor francés había tenido fuera de matrimonio y que los reclamaba desde Francia.
El 11 de diciembre salían pues los dos hermanos de Barcelona para Niza, donde permanecieron cuatro días ultimando sus pasaportes; y de allí marcharon para Alassio donde toda la familia, reunida providencialmente, esperó la partida del barco «Rex» para Gibraltar, pasando seguidamente a la España Nacional.
En Sevilla se pone inmediatamente en contacto con la Comisión Carlista de asuntos de Cataluña y él, que no había sido nunca político, escoge en aquellos momentos un Tercio de Requetés -el de Nuestra. Sra. de Montserrat-, como la fórmula más exacta para expresar lo que en aquellos momentos siente su corazón de cruzado.
Y desechando los ofrecimientos y las posibilidades de encuadrarse en un lugar de menos riesgo y de más «lustre», parte para Zaragoza en cuyo Seminario de San Carlos tiene el Requeté Catalán su cuartel de Depósito y, el 22 de febrero de 1937, sale voluntario para el frente de Aragón a guarnecer las posiciones del pueblo de Codo.
Su hermano Luis quiere hacer lo mismo pero sus padres, vista su delicada salud, logran retenerle a su lado una temporada. Por fin, viendo éstos la inutilidad de todo razonamiento para poder disuadirle, le concedieron la autorización y Luis Amat, radiante de alegría, marcha también a incorporarse como voluntario en las filas del Tercio de Ntra. Sra. de Montserrat.
El día de su partida para Codo escribe a sus padres desde Zaragoza: «Esta tarde salgo para el frente; ya podéis imaginar la alegría que siento al pensar que voy a servir a la Patria en el puesto de honor que siempre aspiré ocupar y además voy a poder abrazar a Jaime después de todo este tiempo de no haberle visto».
Incorporados ya todos los dos hermanos en las filas del Tercio de Montserrat, continuaron siendo modelos de abnegación, disciplina y compañerismo.
Jaime Amat vio enseguida en aquel grupo selecto de requetés, la mayoría de los cuales pertenecían a las gloriosas organizaciones católicas de Cataluña, su gran oportunidad. Allí había un grupo magnífico para establecer un centro de vanguardia de Acción Católica, con el doble fin de irradiar en las filas del Tercio el espíritu de Cruzada y preparar futuros dirigentes seglares para cuando llegase la hora de la paz en Cataluña.
Fiel a su espíritu de disciplina, se puso inmediatamente en contacto con el Consejo Superior, residente entonces en Burgos, para darle cuenta de sus proyectos y gestiones.
«Me entrevisté con el capellán, con quién alguna vez habíamos ya hablado de Acción Católica y le conté mis proyectos; aceptó encantado y en él he hallado el mejor colaborador de mi empresa. La impresión que tengo de él es que tendremos un excelente Consiliario y ya sabes tú bien la importancia que esto tiene.
»Convenimos en esperar a recibir “Signo», pues queríamos preparar el ambiente con nuestro periódico. Finalmente, ayer celebramos la primera reunión con los muchachos para cambiar impresiones y poner inmediatamente manos a la obra.
»Las conclusiones de esta primera reunión fueron: en orden a piedad, obligación por parte de todos de comulgar semanalmente, con preferencia siempre que el servicio lo permita, durante la misa primera del domingo, y asistencia al rosario que cada día se celebra en la iglesia Parroquial, ya que todos los requetés están alojados entre las distintas familias del pueblo.
»Creo que con bastante facilidad podremos formar un núcleo que comulgue diariamente. En cuanto a estudio, un círculo de religión que se reunirá dos veces por semana. (Las primeras sesiones las dedicaremos a estudiar un poco la meditación y el examen de conciencia a fin de poder introducir estas prácticas en nuestros ejercicios de piedad.)
»En materia de acción acordamos hacer una lista de los muchachos que habían pertenecido a la Congregación Mariana, Juventudes Católicas y fejocistes para repartir entre ellos con preferencia “Signo” y demás propaganda que recibamos».
Así empezó y así fue sembrando; y la semilla esparcida por mano experta cayó en tierra óptima; mas para que diera después mucho fruto, quiso Dios que se regara con sangre generosa…
Y llegó el 24 de agosto y con las primeras luces del alba empezó el gran ataque rojo contra el pueblecito aragonés defendido por catalanes.
Los hermanos Amat-Badrinas, encuadrados en la 2ª Compañía mandada por el alférez Bonet, defendía en la parte Sur-Este, las posiciones «paredón», «ametralladoras», «camino de Quinto».
Allí pelearon como buenos soldados con gran entusiasmo y valor, allí llevó la Eucaristía para que comulgaran como viático, el intrépido y santo capellán Mossèn Carrera, allí cumplieron todas las órdenes que el mando les daba según las circunstancias y allí mantuvieron los dos hermanos su último diálogo con la serenidad de los que están seguros de hallarse en manos de Dios.
«Bueno Jaime, -le dijo Luis en un alto de la lucha, acercándosele con su sonrisa característica y con absoluta tranquilidad- seguramente hoy no terminaremos el día, pero, aunque tengamos “mucho trabajo”, la cosa no es como para que dejes de felicitarme por mi fiesta onomástica (la más solemne de su vida, pues fue el día de su entrada en el cielo) que al fin y al cabo mi patrono San Luis, Rey de Francia, también las pasó negras en la guerra».
Después cada uno continuó en su puesto separadamente, cumpliendo con su deber, que en aquel caso estaba por encima del mutuo interés fraterno.
Hacia las tres de la tarde del 25 de agosto de 1937, las posiciones tuvieron que ser abandonadas, ante la imposibilidad de mantenerse en ellas por falta de municiones.
Jaime Amat informó así, al llegar a Zaragoza, sus últimas horas en Codo:
«Hacia las tres recibimos orden de retirarnos y acudir al cuartel de “Camino de Quinto” y de allí a la “Casa del Cura” para intentar todos juntos romper el cerco enemigo.
»Cuando yo llegué con mi escuadra ya habían salido muchos de los nuestros, así que sin gran dificultad pude llegar hasta la falda del Calvario amparándome en los pajares. Cuando ya dejaba atrás esta posición, una ametralladora enemiga me hizo fuego obligándome a echarme en el cono de una granada. Cesó de disparar la máquina enemiga y al examinar el campo divisé cerca un grupo de los nuestros que a las órdenes del alférez Bach se replegaban nuevamente hacia la “Casa del Cura”; retrocedí y me uní a ellos al ver que así lo hacía mi cabo. Al anochecer, hacia las ocho, recibimos orden del alférez de abandonar la posición en pequeños grupos. Yo salí con el cabo y un requeté de mi escuadra por la trinchera de “tapia eras” y con las debidas precauciones entramos en dos casas del pueblo en busca de agua.
»Andando a gatas pasamos entre el “Calvario” y el “Pajar” y ganamos el campo hacia la Venta del Regadío y de allí hacia Mediana».
Su hermano Luis en cambio, llegó a la «Casa del Cura» con otro grupo, participando y muriendo en aquel desesperado ataque a la bayoneta para abrirse paso hacia las avanzadas nacionales y con su muerte se llevó al cielo la sonrisa perenne de su alma candorosa.
La llegada «casi milagrosa» de Jaime Amat a Zaragoza -de 180 defensores de Codo pudieron salvarse 46, ganando por su valor y sacrificio la Laureada de San Fernando-; fue precedida por días de intensa pesadumbre moral. Su padre, conocedor del desarrollo de los acontecimientos militares, se dirigía a la capital aragonesa para conocer detalles y en particular la suerte de sus hijos; y Jaime, en la finura y delicadeza de su espíritu, se reprochaba pensando que su padre podría suponer que no había hecho lo posible para salvar a su queridísimo hermano.
La entrevista entre padre e hijo fue altamente emotiva y muy lejos de desarrollarse tal como Amat en unos momentos de depresión moral había pensado.
Aquellos días, desde Zaragoza, dio cuenta al Consejo Superior de Burgos, de la suerte del Centro de Acción Católica que en Codo iniciara:
«Cuando pasado el nerviosismo de los primeros días he tenido el ánimo suficientemente sereno para hacer el balance de lo que quedaba del grupo de Codo, no he podido más que sentir un profundo pesar. De los treinta y dos muchachos que agrupábamos en los Círculos de Estudio sólo quedamos ocho y aún dos de ellos hospitalizados y el balance de directivos es aún peor: de los que formaban el núcleo directivo, los más entusiastas y mejor formados sólo uno, que se hallaba con permiso, ha salvado la vida; los demás descansan en paz juntos con nuestro apreciado Consiliario.
»Mis actividades actuales van encaminadas a mantener vivo el espíritu de Cruzada en la media docena de compañeros que andamos por Zaragoza, junto con algún otro muchacho que se nos ha juntado. Para ello hemos organizado un Círculo de Estudios a fin de mantener el fuego y dar tiempo al tiempo».
A últimos de septiembre marcha a Panticosa con el convoy de socorro para los alpinistas nacionales de aquel sector. Allí recibe su ascenso a cabo y desde allí, en Tramacastilla, el 16 de noviembre de 1937 envía a su padre la siguiente carta en contestación a las proposiciones de un más seguro destino en otro cuerpo y que revela su vocación de apóstol y su temple de cruzado en aquellas horas trascendentales para la suerte de la Patria. Es un documento para la historia.
«Mi estimado papá: Ayer por la noche recibí su telegrama del 8 del corriente. Hace tiempo que esperaba este aviso y por tanto la respuesta que le doy la he podido pensar bastante. La intención de usted al procurar que pase a Artillería no es precisamente porque prefiera a este Cuerpo, sino porque cree más fácil que en él pueda conseguir una plaza en que desaparezcan o por lo menos se reduzcan al mínimo los riesgos de la guerra.
»Este propósito lo he meditado mucho. En rigor, después del tiempo que llevo de frente, nadie podría echarme en cara que he rehuido exponerme a los peligros de la guerra y a sus sacrificios.
»Por otra parte, caído mi hermano, no sólo hay peligro de que esta desgracia se doble (como así sucedió en «El Ebro»), sino que hay la incógnita de la post-guerra. Ignoramos qué medios de vida tendremos después, y mi ayuda para el sustento de la familia que hasta el presente no ha sido precisa, puede convertirse en muy necesaria.
»Esta última razón es la que más me ha hecho vacilar. Pero el recuerdo de mis compañeros caídos: de los tres hermanos Sábat; de Vives, padre e hijo; de Gubau, padre e hijo; de Giol, que habiendo perdido a su hijo no ha aceptado una plaza en la retaguardia. Usted me conoce de sobras y puede comprender que no resistiría dos meses la vida de retaguardia.
»Estoy convencido de que mi deber está en el frente y dispuesto a quedarme en él. Lo demás lo dejo a la voluntad de Dios. Todo lo he dado para defender su causa, y Él ha prometido devolver ya en este mundo el ciento por uno. En esta confianza descanso. Descartado el propósito que me podría mover a ingresar en Artillería, no creo haya ninguna razón para que cambie de arma. Peligros, en todas partes los hay; y en el Tercio de Ntra. Sra. de Montserrat, tanto por los compañeros como por el ambiente, estoy más a gusto.
»Espero que muy pronto podré ir, pues nuestro Comandante nos ha reclamado, y una vez en Zaragoza no se hará esperar el permiso.
»Mientras, dé recuerdos a los abuelos, a mis hermanas y a toda la familia. A Montserrat dígale que he recibido su carta y que ya le contestaré. Y para mamá y para usted un fuerte abrazo de su hijo Jaime».
Así son nuestros héroes y así se explica el secreto de los triunfos de España en la Cruzada Nacional.
Mientras tanto el Tercio de Ntra. Sra. de Montserrat se estaba reorganizando con nuevas y abundantes inscripciones de catalanes evadidos de la zona roja. Y los veteranos de Codo son reclamados a Panticosa para que sean el germen que permita conquistar nuevos laureles a los bisoños.
Jaime Amat se reincorpora en Torres de Berrallén y poco después marcha con el Tercio al frente estabilizado de Guadalajara.
En Mazarete primero, y desde Villar de Cobeta después, donde está en línea la tercera Compañía de la que ha sido recién ascendido a sargento, Amat sigue pensando y trabajando por la Acción Católica e irradiando el espíritu de Cruzada a todo el Tercio de Montserrat que guarda las posiciones de Huertahernando.
En esta esta segunda época como llama él a las actividades apostólicas del Tercio a partir de su reorganización «tras lo de Codo», consiguió reunir a más de treinta muchachos desde los inicios y nombró un delegado para cada una de las Compañías, a modo de enlaces directivos.
Así lo explica en carta al Presidente de la Unión Diocesana de Zaragoza:
«Nuestro Centro va tirando como buenamente puede pues las Compañías están ahora bastante separadas; por esta causa no puedo tener con los muchachos el contacto que tenía en Torres y Mazarete . Las noticias que de ellos tengo son que se ha celebrado el cumplimiento Pascual con el máximo esplendor y desde luego la totalidad de los chicos.
»En mi Compañía (la Tercera), seguimos la tónica general aprovechando las solemnidades de Cuaresma y Semana Santa para intensificar la vida de piedad. Rosario cada día, comunión los domingos, que por las exigencias del frente la tenemos aparte de la misa, y misa cantada por todos los que no están ocupados en servicios. En estudio, hemos reanudado los Círculos y repartimos “Signo” y demás material de propaganda.
»Para terminar, te diré que el pequeño núcleo que empezó en Torres de Berrallén ha ido extendiendo de tal modo su influencia que hay Compañías que prácticamente todos son de A. C.».
Por fin el 20 de mayo de 1938 se constituyó oficialmente en el Tercio de Montserrat el Centro de Vanguardia de Acción Católica con el núm. 56 y adherido a la Unión Diocesana de Zaragoza, cuyo consiliario Diocesano Mosén Francisco Izquierdo Molins siempre acogió con paternal afecto a los requetés catalanes.
La primera reunión general se celebró en la amplia sacristía del pueblo de Mirabueno (Guadalajara), donde todo el Tercio reunido se hallaba descansando el 5 de junio. Allí el «Páter» Mossèn Dausá nombró la primera junta directiva, con Jaime Amat Badrinas como Presidente, y se fijaron planes no solamente para ejercer apostolado en el propio Tercio, sino de cara a la formación de futuros directivos para Cataluña.
Después vino la Campaña de Extremadura y el traslado precipitado del Tercio de Montserrat al Ebro, donde la ofensiva roja arreciaba en toda su dureza.
Y Jaime Amat escribe el 7 de agosto de 1938 su última carta al Consiliario de Zaragoza dándole cuenta de la situación:
«Seguramente cuando ésta llegue a su poder estará enterado de los combates que hemos aguantado. Muchos jóvenes de A. C. han caído. No poseo aún la relación, que espero hacer cuando tengamos unos días de descanso y mandársela inmediatamente. De todos modos, le ruego que, si han llevado, como creo, algunos heridos a los hospitales de Zaragoza, los atiendan con especial interés, aunque yo sé que así lo hacen siempre.
»Nuestra actividad ha quedado reducida a lo puramente interior: mantener el espíritu de Cruzada en nuestros compañeros; pues no sólo nos es imposible toda reunión, sino que los cuadros han quedado totalmente deshechos y desarticulada la organización.
»Con saludos para los amigos se despide afectuosamente su amigo y servidor en Cristo Rey.»
Y fue verdaderamente su despedida…
La mañana del 23 de agosto de 938 había de segar en flor una vida ejemplar y singularísima.
En el «Ebro» la lucha se desarrollaba con inusitada violencia principalmente en el Sector de Vilalba dels Arcs. El Tercio de Ntra. Sra. de Montserrat, desangrado, agonizaba lentamente, atacando día tras día las posiciones enemigas señaladas por el mando.
Aquella mañana los restos de la tercera Compañía tenían por objetivo ocupar una casita blanca situada entre las cotas 470 y 480.
Y mientras avanzaba al frente de su reducido pelotón una bala explosiva destroza el vientre del sargento Amat, que cae junto a un almendro. Con los ojos fijos en el cielo, sus requetés le ven rezar sin proferir una queja. Acuden dos abnegados camilleros y lo llevan apresuradamente al puesto de socorro, pero allí no había nada que hacer; urgía una intervención quirúrgica como única posibilidad de salvarle. Le suben a una ambulancia que parte para el hospital de sangre de Maella, donde está el equipo quirúrgico móvil del Capitán Zerolo.
Al despedirse de sus dos requetés Amat tiene un gesto de señorío tan característico en él: de su cartera saca un billete de cien pesetas y alargándoselo les dice: «Para que os lo partáis». Estos, emocionados, no quieren aceptárselo, ¡qué no hubieran hecho para salvar la vida de aquel sargento, de aquel amigo ejemplar! Por fin Amat llega al hospital de Maella; la ruta ha sido dolorosísima; primera, largo rato en camilla por cotas y vaguadas batidas por el enemigo; después en la ambulancia por pésimos caminos vecinales. Pero llega sumamente satisfecho del deber cumplido, digno de un requeté-presidente de Acción Católica de Vanguardia. No ha muerto en el campo de batalla anónimamente como su tan querido hermano Luis, como tantos y tantos compañeros. Dios quería que lo hiciese en el duro lecho de un hospital de sangre para que dejase a sus jóvenes -a todos los jóvenes-, su última lección: para que les enseñase a morir como antes les había enseñado con su palabra y con su ejemplo a vivir una vida «pura, alegre, piadosa, apostólica…»
La ciencia le atiende con el máximo cuidado, pero Dios Nuestro Señor le quiere ya en el Cielo, junto a Sí, como al siervo bueno y fiel…
El Páter del hospital oye su humilde y edificante confesión y le administra el Viático, la Santa Unción, la bendición Papal.
Fatigosamente, pues su estado ya era de suma gravedad, da algunas instrucciones para sus familiares y pide al sacerdote un crucifijo. Se lo dan. Y así, sosteniendo en una mano la imagen del Redentor a quién había consagrado su vida; de Cristo, norte y guía de toda su actividad apostólica; del Maestro a quién procuró imitar fielmente, mientras con la otra retenía fuertemente la del sacerdote, ministro de Dios en la tierra; serena, tranquila, dulcemente con su perenne sonrisa en los labios, se durmió en la eterna paz.
¡Así murió Jaime Amat Badrinas!, el artífice que más contribuyó a esmaltar de espiritualidad la gloria del Laureado Tercio de Ntra. Sra. de Montserrat.
[Publicado en Nonell Brú, Salvador, Así eran nuestros muertos, Casulleras (Barcelona 1965)]
