MAURICIO DE ALÓS Y DE BOBADILLA

domingo, 11 de junio 2023

CATEGORÍA: Biografías

De noble estirpe y por partida doble –catalana y navarra–; hijo de don Javier de Alós y de doña Blanca de Bobadilla, nació en Barcelona el 29 de abril de 1914.

Cursó los estudios de Bachillerato en el Colegio de san Francisco Javier, de los Padres Jesuitas de Tudela (Navarra); y en Madrid los de Perito Agrónomo cuyo título obtuvo en 1934.

Poco después hizo el servicio militar en Barcelona entrando en la escala de complemento de artillería. Se distinguió siempre –ayudándole en ello, sin duda, la tradición familiar– por la reciedumbre de sus convicciones religiosas y patrióticas, por la serenidad de su carácter y por sus grandes dotes de mando.

Pertenecía a la Congregación Mariana de Barcelona, a la Obra de Ejercicios Espirituales y a distintas asociaciones de Apostolado Parroquial.

De familia eminentemente carlista, estaba encuadrado en las filas del «Requeté» y, por lo tanto, en íntimo contacto con las fuerzas antirrevolucionarias de Catalunya, en las que había desplegado una gran actividad.

Al iniciarse el Alzamiento Nacional se hallaba residiendo en Cascante (Navarra), al frente de una explotación agraria.

En la noche del 18 de julio de 1936 se alzó en armas con otros compañeros, apoderándose del ayuntamiento y demás puntos estratégicos de aquella localidad, y el 6 de agosto, marchó al frente encuadrado en el famoso Tercio de Lácar, con el que hizo gran parte de la campaña del Norte.

Al organizarse el Tercio de Nuestra Señora de Montserrat, pasó a formar parte del mismo, primero como simple cabo, y después, previo correspondiente cursillo en Burgos, como Alférez Provisional.

En el pueblo de Codo organizó, tanto para los requetés como para los paisanos, varias conferencias de divulgación agrícola, siendo muy apreciado por sus brillantes cualidades.

En la madrugada del 24 de agosto de 1937, cuando se inició el gran ataque rojo contra Codo, el alférez Alós de Bobadilla tenía el mando de la 2ª Sección de la 1ª Compañía, estando bajo su responsabilidad la defensa de las posiciones «Pajar», «Granero» y «Tapia Heras», situadas en el parte N. O. del pueblo.

Durante el asedio, recorría constantemente su sector, dirigiendo, alentando o señalando el lugar de cada cual, según las circunstancias. Su consigna era siempre la misma: «Estas posiciones nos las han confiado para que las defendamos hasta el fin y así salvaremos a Zaragoza y al Pilar».

Y el fin, que en este caso fue la muerte, llegó inexorablemente para aquellos bravos defensores enfrentados sin medios contra un enemigo muy superior.

Los últimos momentos que se conocen del alférez Alós son descritos por su familiar Roberto de Llanzá, superviviente de aquella gesta:

«La “Casa del Cura” era un patio en cuyas paredes se habían practicado toscos agujeros a modo de aspilleras; algunos requetés tumbados en tierra curaban sus heridas como podían; otros estaban de guardia con las armas en las manos.

»Recuerdo a varios heridos graves, que en voz alta rezaban. Al poco rato aquello se hizo insostenible; nuestras bajas aumentaban pese a que las fuerzas atacantes no se atrevían al último asalto, temerosas, sin duda, de repetir las bajas que sufrieron en intentos anteriores.

»Las municiones se habían terminado; es decir, solo teníamos seis o siete cartuchos cada uno; las armas automáticas habían quedado sepultadas en sus nidos junto a sus defensores; la muerte acechaba por las aspilleras, pero nadie hablaba de rendición.

»Al cabo de un rato el alférez Alós, valiente y decidido, nos ordenó cargar a la bayoneta contra batallones rojos que, acampados en el olivar, cercaban la única zona viable de evacuación.

»La empresa era suicida pero no teníamos otra alternativa. Recuerdo que me estrechó la mano y dijo: “Esto se acaba. No podemos hacer nada más”.

»Y salió el primero. Detrás de él, seguimos unos treinta… Al poco tiempo le vi con la camisa empapada en sangre: “¡Adelante!” gritaba… y por doquier,  gemidos, gritos, vivas, disparos, polvo, calor … Luego le vi caer… y ya no le vi más».

Meses después, al liberarse Codo, fue hallado su cadáver, allí en pleno campo, cubierto solo por unas paletadas de tierra; y junto a él, un puñado de vainas de pistola –su pistola del 9 largo– que debió disparar hasta la última bala.

En memoria del alférez Alós de Bobadilla, su madre fundó una beca sacerdotal en el Seminario de Pamplona; memoria bendecida, amada y perpetuada hoy día, por un sacerdote español, en terrenos de misión.

Así Mauricio de Alós y de Bobadilla, el valiente alférez del Tercio de Requetés de Nuestra Señora de Montserrat, continúa luchando por Dios y por España.

[Publicado en Nonell Brú, Salvador, Así eran nuestros muertos, Casulleras (Barcelona 1965)]

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