ANTONIO ALAMANY TORNER

domingo, 18 de diciembre 2022

CATEGORÍA: Biografías

Nació en Vic, la ciudad levítica de «la Plana», el 1 de septiembre de 1912, pero antes de los dos años su familia pasó a residir en Barcelona, donde su padre, corredor de hilados de algodón, podía centralizar mejor sus actividades.

Cursó sus estudios y el comercio en el «Colegio la Salle-Josepets» que rigen los Hermanos de las Escuelas Cristianas y, al finalizarlos, entró requerido por la Gerencia de la Empresa «Verdaguer y Molins» de Vic, como ayudante de la misma, sin dejar por ello de cooperar con su padre en el corretaje de hilados.

Desde niño se distinguió siempre por un gran sentido de observación. Recuerdan sus familiares que a raíz de la inauguración del «Hotel Ritz» de Barcelona, comentaban en una sobremesa los años que habían durado las obras de construcción, obstaculizadas por más de treinta huelgas de albañiles. Al llegar a este punto del comentario el pequeño Antonio, que contaba a lo sumo cinco años, preguntó a su abuelo: «Oi, avi, que Nostre Senyor va fer el mon en sis dies?». «Sí, maco, sí, en sis dies» –a contestó el abuelo–. «¡Renoi si l’haguessin hagut de fer els paletes».

Alamany tenía un carácter alegre, bromista y jovial, con una gran alteza de miras. Un detalle: lo primero que hizo al tomar la dirección de la fábrica fue adquirir una estufa, que en los fríos días él mismo encendía una hora antes de empezar la jornada laboral, para que todos sus empleados encontraran, al llegar, el ambiente más agradable.

Poseía también un gran don de gentes. Detestaba las disputas y se hacía querer por todos. Prueba de ello es que, incluso en pleno período rojo, al ser encarcelado en Vic por el Comité local, los obreros de su fábrica se presentaron en masa al Comité y unánimemente exigieron –consiguiéndolo–, su inmediata liberación.

Políticamente, por haber asimilado desde la cuna los nobles ideales de su familia, era un requeté de cuerpo entero.

Sus ratos libres en Barcelona y en Vic, los dedicaba a la  «Agrupación Escolar» de antiguos alumnos y al Círculo Tradicionalista. Por eso no le sorprendió, sino todo lo contrario, se sumó al Alzamiento Nacional.

El día del asesinato de Calvo Sotelo fue detenido su hermano Miguel y tuvo lugar el primer registro en su domicilio de Barcelona.

El sábado 18 de julio, a pesar de haber tenido que desplazarse a Vic –su familia, con la excusa de que llevase la paga semanal a los obreros de la fábrica, pretendía alejarlo del peligro que se avecinaba–, regresó a la Ciudad Condal en el último tren para cumplir sus compromisos de patriota.

A la hora convenida se presentó con un grupo de requetés en el «Regimiento de Caballería de Montesa» para iniciar el Alzamiento en Barcelona.

Fracasado éste a pesar de haber ocupado el grupo de Alamany los objetivos señalados, pudo evitar su detención y marchar al domicilio paterno.

No fue de los que se desalentaba ante aquella caótica situación. Aquella era la hora de actuar los valientes y el futuro sargento del Tercio de Montserrat demostró con creces que lo era.

Al día siguiente se presentó en el Convento del Císter, en Sarriá, acompañando a las monjas a domicilios particulares y haciéndose cargo –salvándola– de la partida de valores mobiliarios de la comunidad.

Y así, sin cesar, durante aquellas primeras jornadas de sangre y de dolor, Antonio Alamany se prodigó heroicamente para ayudar a la Causa y atender a una infinidad de necesidades de toda índole.

Pero su puesto, su ideal y su corazón, estaba en los frentes de la España Nacional. Hizo un primer intento para salir de la zona roja pero fracasó, salvándose milagrosamente.

Sin desanimarse, volvió a intentarlo, lográndolo al fin por la ruta de Vic, Ripoll, Pobla de Lillet, Collada de Toses y Osséja. Una vez en Francia, por Irún, se incorporó al Tercio de Montserrat.

Su primer destino fue Codo, donde por su conducta, valentía e historial, fue nombrado cabo de la 2ª Compañía, a las órdenes del sargento Bañeres.

Durante el asedio de la población el 24 y 25 de agosto de 1937, defendió con sus requetés la posición  «avanzadilla del Camino Quinto» hasta las tres de la tarde del segundo día, en que, ante la imposibilidad de seguir la lucha por falta de municiones, por orden de su oficial, se replegaron, primero al pueblo y después al postrer baluarte de la  «Casa del Cura».

Allí permaneció con los últimos defensores hasta las nueve de la noche en que amparado por la oscuridad y en compañía de Suari, Pujol y Valls, pudo salir de Codo entre el  «Pajar» y  «El Calvario» para llegar, herido, campo a través, a Mediana en la madrugada del día 26, y por la tarde en camión a Zaragoza.

Mas la guerra seguía y el Tercio de Montserrat se organiza por segunda vez. Mientras esto se verifica en Zaragoza y Torres de Berrellén, el Mando Militar encarga a los veteranos supervivientes de Codo la misión de llevar un convoy de municiones a las fuerzas semicercadas del sector de Jaca, y con ellos marcha Antonio Alamany a las órdenes del sargento Matosas.

Cumplido su objetivo, allí se los retiene temporalmente, transformándolos en una especie de  «columna móvil» como  «muy serio» llamaba el bravo Jefe del Sector a aquellos  «¡19 requetés!».

Allí se hizo famosa la exclamación repetida por Alamany –siempre predispuesto a la broma– cada vez que oían tronar los cañones marxistas desde el magnífico balneario de Panticosa, donde estaban insuperablemente instalados:  «¡No juguem, que la columna mòbil no està per brocs! »

Más allá, en Torres de Berrellén, el Tercio de Montserrat reorganizado con nuevos requetés evadidos de Cataluña, necesitaba de los veteranos de Codo, y la  «columna móvil de Panticosa» fue disuelta con gran contrariedad del Jefe del Sector que se fiaba plenamente de aquella minúscula reserva, y sus componentes se reintegraron a las filas del Tercio catalán, siendo ascendidos a sargentos.

Hacia el frente estabilizado de Villar de Cobeta (Guadalajara) primero, y hacia la campaña de La Serena en Extremadura después, marcha el flamante sargento Alamany con todo su bagaje de valentía, optimismo y buen humor, aumentado, si cabe, por la presencia junto a él de su hermano José, recién evadido de Catalunya.

Al fin llega su hora y en Vilalba del Arcs (Tarragona), al iniciarse la brillante campaña de los requetés catalanes en la Batalla del Ebro el 30 de julio de 1938, muere el sargento Antonio Alamany mientras, como un jefe legionario, daba instrucciones al conductor de un tanque para que batiera un nido de ametralladoras.

Poco tiempo después, en las cercanías del pueblo de Pinell de Brai, en el mismo frente del Ebro, su hermano José, sería gravemente herido y engrosaría la larga lista de mutilados de guerra del Tercio de Montserrat mientras, en zona roja, su hermano Miguel sería duramente atormentado en las checas de las  «Patrullas de Control», de cuyo cautiverio su destrozada salud no se repondría, hasta morir años después.

[Publicado en Nonell Brú, Salvador, Así eran nuestros muertos, Casulleras (Barcelona 1965)]

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